Las canteras familiares del Karst priorizan frentes reducidos, control de polvo y recuperación inmediata con especies autóctonas resistentes a la sequía. Los bloques se extraen aprovechando planos de estratificación para minimizar cortes innecesarios. Después, llegan planes de relleno, drenaje y revegetación supervisados por municipios. Ese ciclo protege acuíferos, mantiene sendas abiertas y asegura que cada pieza instalada en una plaza o cocina sea también un gesto de cuidado ambiental.
Martelines, punteros y cepillos diamantados dialogan con la porosidad, creando superficies antideslizantes y sombras delicadas sin consumo excesivo de energía. Al reducir pulidos brillantes, se baja la demanda eléctrica y se respetan las cualidades térmicas originales. El resultado se siente bajo la mano: una rugosidad amable que respira, absorbe ruido y gana carácter con los años, como si cada paso, plato o jarra dejara una huella que embellece en lugar de desgastar.
El abuelo instaló la encimera de piedra kárstica con mortero de cal y bordes biselados para evitar astillas. Su hija cocinó sobre la misma superficie con ollas de hierro, y hoy la nieta prepara pan de masa madre. Apenas bastan jabón neutro y cepillo blando para limpiarla. Esa continuidad cotidiana, apoyada en material local, resume lo que muchos buscan: funcionalidad, cercanía y una estética que envejece con las historias de la casa.